Bóveda de crucería de arista. Torres de Quart, Valencia

viernes, 5 de noviembre de 2010

Bujardas y martillinas

Hasta hace poco tiempo, la bujarda o cucarda era la herramienta característica del trabajo del cantero, de tal modo que hace 25 años bastaba que el curioso viera una en la caja o arquilla de herramientas de un operario trabajando una piedra para deducir que era un profesional, y no un albañil metido a picapedrero, o un aficionado. En la actualidad, aunque todavía pueden encontrarse bujardas en ferreterías especializadas (de mediocre calidad, por cierto), los procesos de trabajo en los que intervenía la bujarda accionada manualmente se han sustituido por herramientas neumáticas, o cabezales de máquinas eléctricas.



La bujarda consiste en un martillo de cabezas cuadradas, provistas de una serie de puntas de diamante iguales. Cada una de las caras suele tener puntas de distinto grueso. La función de la bujarda es regularizar la superficie de trabajo, pues al impactar varias puntas al unísono que forman el mismo plano, el resultado se va aproximando a dicho plano. La fabricación de una bujarda, antes de aparición de la fundición en molde, revestía una cierta complicación pues a un martillo de sección cuadrada había que trabajarle las caras, calentadas al rojo en la fragua, con limatones triangulares. Lo mismo sucedía cuando había que aguzar los dientes tras haberse desgastado por el trabajo –lo que, dicho sea de paso, obligaba al desmangar y enmangar el útil cada vez que iba al herrero-.  Probablemente por ello no debieron tardar en aparecer bujardas con las cabezas recambiables, en los que cuando se desgastaban las puntas, no había sino que desmontar la cabeza para sustituirla por una nueva. Eventualmente, según se van dando pasadas con bocas con puntas cada vez más pequeñas, se pueden sustituir unas bocas por otras.  El sistema de fijación de la cabeza es siempre el mismo: se trata de encajar un avellanado que tiene la cara posterior de la boca en un saliente cilíndrico del martillo del mismo diámetro, formado por dos mitades que se acuñan para fijar la boca. Los detalles de esta fijación varían mucho: el saliente puede formar parte del martillo, aunque no es recomendable porque constituye una zona frágil, y lo más habitual es que las dos mitades vayan alojadas en un agujero y se acuñen con un pasador de acero.  La bujarda de este tipo cuya imagen mostramos, tiene un valor especial para el que esto escribe porque perteneció a Constantino de la Torre, mi abuelo paterno, albañil examinado de Rábano (Valladolid), y también algo cantero. Puede datar de los años 30 del siglo XX.



La fabricación de bujardas de una pieza se debe a la necesidad de trabajar con piedras duras, cuyo golpeo continuado afecta a las articulaciones de las piezas que componen una herramienta de bocas recambiables (1).


“Escultura: Diferentes herramientas para trabajar el mármol” nº 29: Martellina (Marteline) . Enciclopedia (1771)

La bujarda suele tener una sección de hasta 50 x 50 mm. y las bocas se disponen en series de 2 x 2 hasta 12 x 12 puntas, generalmente, y un peso en torno a los 3 Kg.. Si el útil es mucho más pequeño se denomina martellina o martillina, y a pesar de que es semejante en todo a su hermana mayor, no se las debe confundir, pues no se deberían de utilizar para los mismos procesos. Y al especificar esto es necesario indicar que el uso de la bujarda y de la martellina no se ha regido siempre por un buen criterio: volveremos a ello pronto, si es posible. Añadiremos que con las caras de la bujarda –cuyas puntas definen un plano- se pueden labrar superficies planas y convexas de cierta amplitud, pero no cóncavas estrechas (mdiacañas, por ejemplo). Para esto existía una bujarda de cabeza convexa, de la que conocemos sólo un nombre: mataperros. Dada la dificultad de encontrar un herrero hábil y conocedor de los temples, quien tenía una de estas bujardas tenía verdaderamente un tesoro.


A pesar de ser una herramienta tan propia –pues muchas de las otras herramientas que suelen verse entre las manos de un cantero se comparten con otros gremios de la construcción, o de la madera-  las bujardas son una de las últimas innovaciones del utillaje dentro de la historia de la cantería. BESSAC afirma que las primeras huellas inequívocas se constatan en las canteras de Carrara durante el siglo XVII (1). En el último cuarto de este siglo es cuando se encuentra la representación más antigua conocida, tanto de la bujarda como de la martellina, en el mismo documento


“Herramientas para el trabajo de Escultura.”  E. Martellina (Marteline). F. Ojal de la martellina. N. Bujarda (Boucharde). O. Los dientes de la bujarda en planta.
 (André FELIBIEN DES AVEAUX , Des principes de l’architecture, de la sculpture et de la peinture. Paris, 1676, p.313.)

En la lámina se ve con claridad que la boucharde no es un martillo sino un cincel especializado en apurar el desbaste del mármol: un martillina de mano y no de mango (2).  Por otro lado, la diferencia de configuración entre las dos herramientas con el mismo nombre (marteline) de las dos imágenes anteriores a las que separa un siglo nos sugiere que estamos ante una herramienta que todavía está evolucionando, hasta encontrar su forma estable.

Las huellas de la bujarda martillo comienzan a aparecer por doquier en las construcciones europeas a partir de la primera mitad del siglo XIX. Estos escasos datos fiables han hecho suponer al gran investigador que el origen de la herramienta es la martellina, desarrollada para aproximar las superficies en mármol y que en el siglo XIX este útil derivaría en uno mayor, la bujarda, primero para desbastar piedras duras y más adelante para acabar paramentos en el mismo tipo de material. Por nuestra parte no indicaremos sino que el uso de bujardas es anterior al menos en un siglo:  las superficies abujardadas aparecen en la Fachada barroca de la Catedral de Girona, obra comenzada hacia 1680 y rematada -provisionalmente- en 1733. Se trata siempre de superficies que no quedan a la vista, mientras que las caras visibles de la sillería se acaban a escoda y las molduras apomazadas, conforme a la técnicas al uso.  

 
En la cubierta pétrea del Campanario de la misma (finalizado en 1764) los acabados de las piezas son todos abujardados. 


 

Y, para que no haya más que pedir, hay un dintel acabado a bujarda en una puerta del Barri Vell de la misma ciudad que está fechado en 172[9] lo que nos proporciona una inequívoca data ante quem del uso de esta herramienta.

 

No obstante, el uso de bujardas en fecha tan temprana no es frecuente y nos remitimos a las fechas propuestas por Bessac para su difusión. Salvo que de trate de una adaptación de la martellina por parte de los picapedrers gironís  las bujardas de la Catedral tienen probablemente un origen foráneo, del otro lado de los Pirineos, ya que la ciudad tuvo en aquella época una intensa relación con artistas y artesanos del país vecino (G. DOMÉNECH, Artistes i artesans a Girona)

Algo más:



Notas

1. La única casa de la que sabemos que fabrica –o fabricaba hasta hace poco- en España este tipo de bujardas es Herramientas Pino (Edelmiro Vázquez), de Pontevedra

2. J.C. BESSAC, L’outillage traditionnel du tailleur de pierre, Paris, CNRS, 1987, p. 84.  Tenemos una referencia verbal del uso de la bujarda en Piamonte ya en la primera mitad del s.XVI, pero no hemos podido contrastar esta información.

3. BESSAC, op. cit, p.80, indica que bajo el término boucharde se suelen designar indistintamente los dos útiles, el cincel (le ciseau boucharde) y el martillo bujarda ( la boucharde).